Investigación y desarrollo

Por Daniel Link

23/12/11 - 11:37

 

“¿Vas a escribir sobre mí?”, me pregunta Axel, a través del espejo (se está aplicando el roll-on antiojeras con cafeína). “Decí que no soy sólo una cara bonita”, me pide. Asiento, porque ya lo sé (le relojeo un poco el culo, como constatación, y me muerdo el labio). “Decí que soy más lindo que Facundo.” Pierdo la paciencia. “¡Axel, no!”, lo corto: “No me quieras arrastrar a la interna de la belleza peronista. Soy un observador neutral y hasta que no hagamos un trío con Facundo no pienso expedirme”. Me hace que no con el dedo a través del espejo: como están las cosas, imposible. Se enteran en Presidencia y le cortan las piernas de viceministro que recién está estrenando.

“Además”, le digo, “tengo cosas más importantes en qué ocupar mi pluma”.

“¿Todavía escribís con pluma?”, me pregunta. “Sí”, le contesto, “con pluma de ganso”.

La verdad es que estoy triste, aunque mis amigos oficialistas, que atraviesan una fase maníaca, no se den cuenta. M. (23 años) sacó 88.70/100 puntos en su presentación al Conicet para Beca Interna tipo I (quiere doctorarse), pese a lo cual, no se la dieron. Y la semana pasada mi dentista me recibió con mirada sombría y, antes de anestesiarme, me dijo: “Hoy tengo bronca contra los intelectuales”. Por fortuna tuve tiempo de compartir su estado de ánimo y me salvé de una tortura inmerecida: su hijo, mejor promedio de su promoción en la disciplina (que no es Letras) tampoco obtuvo la preciada beca doctoral. El área de ciencias sociales y humanidades fue la que menor cantidad de becas obtuvo (298) en relación con los postulantes (1000), apenas el 30% (contra el 80% del área de ciencias exactas y naturales).

¿Qué fue lo que pasó? Sé que entre los dictámenes de las comisiones asesoras y la resolución del Directorio hubo cierta “desconexión” o “redireccionamiento” de las becas y los ingresos en carrera.

En noviembre pasado, un duro comunicado de ATE-Conicet señaló que “La reciente difusión del resultado de los procesos de selección de ingresantes a la Carrera de Investigador Científico del Conicet ha puesto nuevamente en evidencia el carácter arbitrario y, por ende, ni público, ni accesible al conjunto de los interesados, de los criterios de evaluación con que se procede a tal selección” (el historiador Fabián Harari resultó entonces perjudicado en esa selección).

Después, vino la polémica sobre el Instituto Pacho O’Donnell de Revisionismo Conceptual: la declaración de los historiadores, el comunicado del Conicet apelando al “principio de unidad de discurso necesario en materia de comunicación institucional” (que el Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas había ya aplicado en la insólita defensa de la Dra. Cecilia, esa investigadora que tergiversó las fechas de su currículum en una publicidad de campaña), la alarma de constitucionalistas de la talla de Roberto Gargarella por el tonito del comunicado, una carta firmada por muchos amigos míos en “defensa del Conicet” y el pedido de informes del presidente de la Comisión Senatorial de Ciencia y Tecnología Pablo Verani (Río Negro) sobre las nuevas medidas para el control político del organismo.

Yo podría tratar de explicarle todo esto a M. (23 años), pero no sé si ella preferiría sentirse víctima de un recorte presupuestario o, tal vez de una política de castigo corporativo. Una investigadora oficialista de mi confianza me informa (a título personal) que los ingresos a carrera (y tal vez también las becas) fueron redirigidos por el directorio del Conicet a las universidades del conurbano bonaerense, como represalia por la imposibilidad (o incapacidad) de los representantes oficialistas (3 votos) de hacer pie en el Consejo Superior del Universidad de Buenos Aires, dominado por el frente de agrupaciones de izquierda (31 votos) y la alianza entre un sector de Franja Morada, independientes y socialistas (13 votos).

Como yo no participo (ni en mis peores pesadillas) de los cabildeos políticos del Conicet, y no tengo posición tomada respecto de estas hipótesis (ajuste, reprimenda o exceso de postulantes), me acerqué a lo de Axel en busca de información precisa para transmitirle a M. (23 años), mi frustrada doctoranda.

“Yo no sé”, me dice el vice, arreglándose las cejas. “Estoy de licencia. Ya no investigo más. Decíle: ¡Seguí participando!”.

En vez de eso... Feliz Navidad, querida M.: lamento haberte asesorado mal. Debería haberte dicho que pidieras una beca de la UBA, o que te fueras a hacer el doctorado afuera y después volvías como la Dra. Cecilia.